
Me asombró el conocimiento que tienen de las características del monte y de los nombres de lugares y parajes, barrancos, lomas y collados: El ojo de la Pedrera, la Romerosa, la Fila olivo, la Pedrera, el Tapiao, y un largo etcétera que no recuerdo. Tal vez será interesante hacer alguna actividad, charla o recorrido
con ellos para que nos enseñen (sobre todo a los niños) esos lugares y nombres que poco a poco se van olvidando.
La mañana comenzó con el papeleo burocrático: hay que hacer unas tarjetas y un listado con los nombres, D.N.I., etc. de todos los que participan, luego la planificación de cómo se va a desarrollar la Batida: lugares por donde se va a comenzar y continuar, colocación de los cazadores, zona de entrada y salida de la rehala de perros, (trajeron una docena de perros de un pueblo de la zona de Calatayud), seguridad (colocación de carteles por los caminos advirtiendo de la Batida, y ponerse cada uno un chaleco reflectante, como el que llevamos todos en el coche, para hacerse bien visible y evitar cualquier accidente).
Después de bien aclarado todo montamos en los coches y luego a pie cada uno acudió al sitio designado a esperar que los
perros fueran “levantando” los Corzos y pasaran al alcance de las escopetas. Paciencia, tensión, nervios… y de repente tiros aquí y allá, ladridos, voces y gritos entre los olivos y las aliagas “ahí van”, “que suben”, “son cuatro”, “me cague…”, “dale, dale, dale”, “tuba, perro… perro…”
Conforme los perros y “el perrero” llegan a los puestos se van abandonando y se unen a ellos ya que se supone que los Corzos han pasado y no se han quedado detrás de la jauría. Reunidos de nuevo junto a los coches se forma el corro, sale algún cigarrillo, corre la bota de vino y se comenta lo acontecido: “¿Le habéis dado alguno?”, “A mi me pasado dos, pero lejos”, “¿Cuántos han pasado?”, “A dos metros he tenido uno y he fallado tres tiros”. “Seis han movido los perros nada más entrar”, “Venga, venga dejad la cháchara que se nos van a hacer las tantas…”
Y así,
entre disparos, ladridos, charla, caminatas, olor a tomillo y romero, algún pinchazo de las aliagas, a ratos Sol y a ratos cubierto con el cierzo frío soplando se fue pasando la mañana. Dos Corzoscazaron durante la jornada y el que escribe cuatro, aunque eso si, los disparos los hice con mi cámara fotográfica. Después casi vino lo mejor, la comida y la tertulia posterior. En el bar de las piscinas Juanjo nos preparó una buena mesa con ensaladas, panceta, choriceta y unas costillas; de primero Jesús Martínez, el Presidente del coto, aportó una enorme cazuela de judías preparadas por su esposa, ¡deliciosas! Con los cafés y algún chupito la charla se fue desarrollando larga y placidamente con alguna que otra típica exageración de los cazadores.
Terminó la jornada en el huerto de Jesús con el desuello y la limpieza de las piezas para su posterior reparto. Espero que este pequeño artículo os haga conocer un poco mejor a los
cazadores y se nos vaya de la cabeza esa idea que tal vez tengamos de crueles, sanguinarios o despiadados con los animales.
La práctica cinegética resulta muy importante para controlar la superpoblación de algunas especies como jabalíes, corzos ciervos o conejos que el progresivo abandono del medio rural ha propiciado y que resulta muy dañina para los cultivos al comerse, por ejemplo, los brotes nuevos de los frutales o arañar con sus cornamentas los plantones jóvenes provocando el secado y muerte de los pequeños árboles. También podemos valorar como positivo la presencia de los cazadores en el pueblo en fechas de frío y mal tiempo cuando muchos no acudimos y dan un poco de vida a Grisel y la camaradería, el compañerismo y la amistad que suele presidir sus relaciones.